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Mundial

La Copa del Mundo a través de los ojos de México, EE.UU. y Canadá: celebración, orgullo y un costo elevado.

Idioma: ES PT

La Copa del Mundo no solo aterriza en estadios, sino también en calles, tiendas y barrios.

Un Mundial comienza oficialmente con el silbato del árbitro. En realidad, empieza mucho antes: en aeropuertos donde los aficionados llegan con banderas, en bares que prueban sus pantallas, en calles donde aparecen vallas policiales, en hoteles que se llenan, en estaciones de metro donde de pronto resuenan idiomas de todos los rincones del mundo.

Así lo están viviendo este verano México, Estados Unidos y Canadá. El Mundial 2026 es el primero con 48 selecciones y el primero organizado por tres países anfitriones. La FIFA habla de Canadá, México y EE.UU. como los tres anfitriones; el torneo contará con 16 sedes y, por su magnitud, será más grande que cualquier edición anterior.

Para los locales, esto no es un concepto abstracto. El Mundial no es un producto televisivo cuando pasa frente a tu puerta. Es el autobús más lleno, el restaurante que trabaja en dos turnos, el taxista que de repente guía a japoneses, colombianos o neerlandeses por la ciudad. También es el vecino que nota que los precios de los hoteles suben, que el espacio público se transforma temporalmente y que, por unos días, la ciudad ya no parece del todo suya.

**México: el fútbol como herencia, pero también como choque con la calle**

En México, el Mundial se siente menos como una visita y más como un regreso a un viejo amor. México ya organizó Mundiales antes y el Estadio Azteca es para muchos amantes del balón un lugar casi mítico. Ciudades como Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey no ven el torneo como un escenario, sino como parte de su identidad futbolera.

Las ventajas son visibles. Las fiestas de aficionados, el flujo de turistas y la atención internacional dan un impulso económico temporal a bares, hoteles, transporte y pequeños negocios locales. En Ciudad de México y Monterrey, la atmósfera de las últimas semanas se ha descrito como especialmente vibrante, con celebraciones callejeras y aficionados internacionales que se sumergen en la cultura futbolera local.

Pero justo en México, la otra cara también es palpable. Grandes eventos ejercen presión sobre barrios donde la vida diaria ya es intensa. Las calles se cierran, el comercio informal puede verse limitado, la seguridad se endurece y los residentes se preguntan si los ingresos realmente llegan a quienes mantienen la ciudad en funcionamiento. Además, hay informes de protestas y rechazo al Mundial en ciudades sede, especialmente por la sensación de que el espacio público y los intereses locales quedan supeditados a la FIFA, los patrocinadores y las zonas turísticas.

Ahí está la doble cara mexicana: nadie necesita enseñarle a México qué significa el fútbol, pero precisamente por eso duele cuando el juego se empaqueta temporalmente como un producto global caro.

**Estados Unidos: una fiesta deportiva en un país que aún aprende a hablar de fútbol**

En EE.UU., el Mundial es otra historia. Allí, el fútbol no es el deporte más popular en muchas ciudades, pero sí uno en rápido crecimiento. En Nueva York y Nueva Jersey, donde se jugará la final, el balompié gana terreno entre jóvenes y jugadores amateur, aunque sigue compitiendo con el baloncesto, el fútbol americano, el béisbol y el hockey sobre hielo.

Para los locales, el Mundial puede sentirse como un descubrimiento. En ciudades como Los Ángeles, Dallas, Miami, Kansas City, Filadelfia y Nueva York, se reúnen comunidades que en el panorama deportivo habitual suelen vivir separadas: familias latinoamericanas, expatriados europeos, comunidades africanas, grupos de aficionados asiáticos y familias estadounidenses que conocieron el fútbol a través de sus hijos.

La imagen más positiva surge en el espacio público. En Los Ángeles, una ciudad conocida por su cultura del automóvil, decenas de miles de aficionados toman autobuses y trenes para ir a los partidos del Mundial. LA Metro implementó servicios especiales, tarifas de retorno económicas y personal adicional; según Reuters, en algunos partidos hasta decenas de miles de personas usaron el transporte público para llegar a estadios o zonas de fanáticos.

Quizá ese sea uno de los mayores beneficios de un Mundial: obliga a las ciudades a replantearse. ¿Puede una ciudad funcionar con menos autos? ¿Puede una estación convertirse temporalmente en un punto de encuentro? ¿Puede el fútbol dejar algo que perdure después del torneo?

Sin embargo, el lado estadounidense no es solo euforia. Los precios de las entradas son uno de los grandes puntos de dolor. Hay críticas severas a los precios dinámicos y a la entrada cara, donde la experiencia más económica sigue fuera del alcance de muchas familias locales. The Guardian reportó que la FIFA mantuvo una estrategia enfocada en maximizar ingresos, a pesar de las objeciones internas sobre los precios dinámicos.

Además, hay preocupaciones sobre seguridad, aplicación de leyes migratorias y derechos humanos. Human Rights Watch advirtió a la FIFA sobre riesgos en controles migratorios estadounidenses, zonas de fanáticos, estadios, trabajadores y comunidades locales. Esa inquietud toca un punto sensible: un Mundial quiere invitar al mundo, pero en un país con debates migratorios duros, no todos se sienten igualmente bienvenidos en la zona de fiesta.

Para los locales en EE.UU., este Mundial también es un espejo. Muestra lo grande que puede ser el fútbol, pero también cuán desigual es el acceso a una fiesta así.

**Canadá: orgullo, hospitalidad y la pregunta de cuánto puede costar**

Canadá vive el Mundial de manera distinta a México y EE.UU. En Toronto y Vancouver, el torneo es una oportunidad para mostrarse como ciudades modernas y diversas. Canadá es un país de inmigrantes, y por eso un Mundial allí se siente especialmente natural: casi cada partido tiene una comunidad que se siente identificada.

La atmósfera en Toronto y Vancouver se ha descrito como cada vez más entusiasta en las últimas semanas, a pesar de la escepticismo inicial de algunos residentes. Zonas de fanáticos, desfiles y aficionados internacionales dieron a las ciudades una energía cosmopolita que encaja perfectamente con su identidad.

Para los emprendedores locales, es un regalo. Restaurantes, cafés, hoteles, tiendas y servicios turísticos sienten el flujo de visitantes. Según un análisis económico de Allianz Trade, el Mundial aportará un impulso temporal al PIB de unos 6.100 millones de dólares en EE.UU., 1.700 millones en México y 1.300 millones en Canadá, principalmente por turistas extranjeros, viajes nacionales y gastos en seguridad.

Pero Canadá plantea la misma pregunta que los otros países anfitriones: ¿quién paga, quién gana y qué queda? Grandes eventos requieren inversiones en movilidad, seguridad, infraestructura y organización. Para los residentes, la línea entre "proyección global" y "factura local" a veces es muy fina. Sobre todo cuando los aficionados comunes sienten que las entradas, hoteles y eventos oficiales están hechos más para turistas y fans con alto poder adquisitivo.

**Las ventajas: dinero, visibilidad y una rara forma de conexión**

El Mundial trae beneficios innegables. Económicamente, hay un flujo inmediato de visitantes: hoteles, restaurantes, cafés, taxis, transporte público, merchandising, turismo y eventos se benefician. Para las ciudades, también hay una ganancia intangible: visibilidad. Una ciudad que se ve bien durante un Mundial se vende a sí misma por años.

Además, está la infraestructura. Algunas mejoras en movilidad, gestión de multitudes y entorno de los estadios pueden seguir siendo útiles después del torneo. En Los Ángeles, por ejemplo, el Mundial se usa para hacer el transporte público más atractivo en una región tradicionalmente dependiente del auto.

Pero quizá el mayor beneficio sea más humano. Un Mundial lleva el mundo a la calle. En una época en que las sociedades a menudo se sienten divididas, el fútbol crea momentos breves en los que desconocidos celebran, cantan, esperan, pierden y siguen adelante juntos. Eso no es poco. Para muchos residentes, lo más hermoso de este Mundial no está en las gráficas económicas, sino en la noche en que una plaza se convierte de pronto en un mapa mundial de rostros.

**Las desventajas: entradas caras, presión en los barrios y la sensación de que la FIFA llega primero**

Frente a esas ventajas, hay desventajas reales. Los precios de las entradas son una fuente de frustración para muchos locales. Organizar un Mundial en tu propia ciudad y no poder pagar ni un partido se siente injusto para los residentes. Las críticas a la fijación dinámica de precios van más allá del poder adquisitivo: tocan el tema de la propiedad. ¿De quién es realmente el Mundial? ¿Del mundo? ¿De la ciudad? ¿O de quien más paga?

También la movilidad y la calidad de vida están bajo presión. Calles cerradas, estaciones abarrotadas, zonas de seguridad, ruido, hoteles llenos y subidas temporales de precios pueden alterar la vida diaria. Para los visitantes, eso es aventura. Para los residentes, puede ser agotador.

A eso se suma la dimensión

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