Mundial
El comité disciplinario de la FIFA cede ante la presión por el partido del lunes
El silbato final apenas se había apagado en Seattle cuando los primeros aviones con destino a Bruselas ya estaban embarcando. Cinco minutos después de la eliminación de Bélgica en el Mundial, la única pregunta pendiente era si alguien se molestaría en volar a Los Ángeles para un partido sin trascendencia contra España. Hasta que llegó la rueda de prensa del domingo por la mañana —y el impactante anuncio de que Folarin Bolagun sería habilitado para jugar el partido de repetición de octavos contra Bélgica.
La decisión del comité disciplinario de la FIFA llegó sin una explicación plausible, dejando a los observadores atónitos. Inmediatamente, las imágenes volvieron a surgir: Gianni Infantino y Donald Trump lado a lado en cada aparición pública, las repetidas capitulaciones del presidente de la FIFA ante las demandas estadounidenses y la letanía de controversias que precedieron a este momento.
Entre ellas figuran la detención de Aymen Hussein al llegar a Estados Unidos, los jugadores senegaleses registrados en la pista de aterrizaje y la presión implacable ejercida desde la Casa Blanca. Según talkSport, Trump presionó personalmente a Infantino en cuestión de horas tras la tarjeta roja de Bolagun, reuniendo un equipo legal liderado por el secretario de Comercio Howard Lutnick y el asistente de Trump, Andrew Giuliani, para explotar cualquier fallo procedimental.
Su argumento se basó en las repeticiones del VAR, que, según alegaron, violaban los reglamentos de la FIFA —una afirmación amplificada por el comentarista Clay Travis. La ofensiva legal coordinada desde Washington dejó pocas dudas sobre la cadena de mando detrás de la readmisión de Bolagun.
El respaldo público de Trump en Truth Social coronó el espectáculo: “Gracias, FIFA, por hacer lo correcto”. La declaración contrastaba abiertamente incluso con la postura contenida de Vladimir Putin durante el Mundial de 2018, subrayando la descarada naturaleza de la injerencia.
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En las gradas y en las redes sociales, la reacción fue inmediata. Aficionados de todos los continentes, muchos de los cuales habían entablado amistad con los seguidores belgas en Seattle, corearon el mismo estribillo: “que les den”. El afecto hacia los aficionados estadounidenses permaneció intacto, pero el sentimiento general se había agriado. Los jugadores de Bélgica, que se preparaban para un partido que ya daban por perdido, enfrentan ahora una nueva realidad. Con o sin Bolagun, la misión del equipo sigue siendo la misma: salvar el honor en un torneo ya manchado por la percepción de injusticia. La delegación belga ha dejado claro su determinación. “No nos iremos en silencio”, declaró un funcionario. “Queremos mostrarle al mundo de qué estamos hechos —dentro y fuera del campo”.La suspensión revertida de la FIFA genera críticas globales por la integridad del Mundial
En todo el mundo, el mensaje es el mismo. Ya sea en los estadios, bares o foros en línea, el estribillo es inconfundible: el mundo observa a Bélgica no como un rival, sino como la última línea de resistencia contra una campaña mundialista que cada vez parece más escrita en Washington y Zúrich. El saque inicial en Los Ángeles será a las 02:00 hora local. Para los neutrales, esa hora no solo marcará el inicio de un partido de fútbol, sino también una declaración.